The Daily Journal – La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó un nuevo récord histórico en las concentraciones de gases de efecto invernadero, mientras el Comité de Oxford para el Alivio de la Hambre (Oxfam) Intermón denunció que el 0,1 % más rico de la población mundial genera más emisiones que las 3.500 millones de personas más pobres juntas.
Según el boletín de la OMM, en 2025 el CO₂ alcanzó 426,8 ppm (153 % del nivel preindustrial), el metano 1.948 ppb (267 %) y el óxido nitroso 339,1 ppb (126 %), niveles que difícilmente serán reducidos en el mediano plazo de acuerdo a los cálculos de los especialistas.
Su secretaria general adjunta, Ko Barrett, advirtió que «cada parte por millón adicional es importante, ya que retiene más calor»: las olas de calor y tormentas se fortalecen más rápido de lo que los registros permiten prepararse, y para 2026 se prevé que el CO₂ aumente aún más por la quema de combustibles fósiles y un fuerte El Niño. El informe también alerta sobre el hexafluoruro de azufre (SF₆), con un potencial de calentamiento más de 24.000 veces superior al del CO₂.
El informe de Oxfam cuantifica esa responsabilidad desigual: una sola persona del 0,1 % más rico ha contribuido casi 400 veces más a las olas de calor extremas que alguien de la mitad más pobre de la humanidad; el 1 % más rico es responsable del 20 % del calentamiento global desde 1990, y sus emisiones anuales provocan 1,9 millones de muertes adicionales por calor, el 78 % en países de renta baja y media-baja.
«Mientras los superricos siguen contaminando de forma desproporcionada, las personas que más sufren son justamente quienes menos han contribuido«, señala Sofía del Valle, responsable de Justicia Climática de Oxfam Intermón.
La desigualdad también define quién se recupera y quién lucra: el índice ‘Destruir y Reconstruir’ identifica 217 empresas que operan tanto en sectores que agravan la crisis como en la reconstrucción tras catástrofes, y BlackRock y Vanguard invierten en el 92 % de ellas, con más de un billón de dólares en un mercado que podría crecer de 70.000 a 92.000 millones anuales en 2029.
Leídos en conjunto, ambos informes dibujan un círculo vicioso que la comunidad internacional sigue sin romper: la OMM documenta la acumulación física de gases en la atmósfera y Oxfam documenta quién los emite y quién los paga.
La conclusión crítica es incómoda: los mismos sectores que bloquean o retrasan la transición energética son aquellos cuyas emisiones récord hacen inevitable un mayor calentamiento, mientras los mercados financieros que invierten en combustibles fósiles encuentran en la reconstrucción tras catástrofes un nuevo filón de negocio.
Ante la COP31, Oxfam reclama impuestos permanentes a las empresas de combustibles fósiles y al patrimonio, la renta y los artículos de lujo con altas emisiones —como los aviones privados—; mayor financiación climática para el sur global mediante fondos públicos y subvenciones en lugar de préstamos; y triplicar los recursos para adaptación en 2035. «Llamamos a los gobiernos a asegurar que los que más contaminan paguen», defiende Del Valle.
La ciencia ya puso la fecha y la magnitud del problema; la pregunta que la COP31 debe responder no es cuánto más calentará el planeta, los datos de la OMM lo dan por descontado, sino si la respuesta política será proporcional a la desigualdad que lo alimenta.
