Luis Contreras.- La captura de Nicolás Maduro en enero de 2026 desató un canibalismo político sin precedentes en el Palacio de Miraflores. El triunvirato que hoy usurpa el control de Venezuela el «Rodrigato» de Delcy y Jorge junto al cercado Diosdado Cabelloha dejado al descubierto el verdadero rostro de la cúpula: una corporación criminal en fase de liquidación. Lejos de la épica revolucionaria y del desgastado discurso antiimperialista, lo que hoy presenciamos en Caracas es una subasta desesperada, un ejercicio de alta traición donde los jerarcas entregan la soberanía del país, sus recursos y a sus propios compañeros con el único fin de comprar un día más de impunidad.
Los acontecimientos de este mes de octubre exudan el hedor del pánico. Mientras la Fiscalía de Nueva York asesta la estocada final a la era previa sumando cargos por tortura contra Maduro y Cilia Flores, el triunvirato ha respondido con la capitulación más abyecta. La extradición relámpago a los Estados Unidos de Álvaro Pulido Vargas, socio principal de un Alex Saab que ya canta ante la justicia norteamericana, no es un acto de justicia; es una entrega de secretos controlada. Los Rodríguez y Cabello están desmantelando a la carrera el entramado financiero del madurismo. Para ellos, los antiguos testaferros ya no son camaradas, sino fusibles intercambiables por oxígeno financiero y reconocimiento político de la administración de Donald Trump.
Esta purga desde arriba ha encendido las alarmas y desatado una ola de pánico en los cuadros medios y altos del aparato represivo. En los pasillos del Tribunal Supremo de Justicia, en los despachos de la Fiscalía y en los comandos de los cuerpos policiales que por años ejecutaron el trabajo sucio de secuestrar, neutralizar y someter al pueblo venezolano con torturas, hoy domina una profunda paranoia.
Jueces que firmaron sentencias condenatorias express, fiscales que fabricaron expedientes falsos y comisarios que ordenaron el tormento de disidentes ven con horror cómo la cúpula pacta amnistías corporativas e individuales con Washington mientras a ellos los dejan completamente desamparados.
La señal que envía el triunvirato es demoledora: si los intocables como Saab y Pulido son empaquetados y puestos en un avión de la DEA, la lealtad ha muerto.
La desesperación ha empujado a estos verdugos institucionales a una carrera frenética por la delación pasiva y activa; una cacería silenciosa donde magistrados y jefes policiales intentan recopilar bitácoras de órdenes, grabaciones y documentos firmados por sus superiores directos para usarlos como salvoconductos ante las agencias internacionales.
Saben que en el nuevo esquema de la Realpolitik, el primero que confiese y entregue las pruebas de la cadena de mando criminal es el único que tendrá una oportunidad de negociar su pellejo.
Esta onda expansiva de delación sacude con fuerza telúrica al Alto Mando de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). Los recientes enroques operados por la gestión interina en las cúpulas militares no han hecho más que avivar la paranoia en los cuarteles.
Los generales y almirantes entienden que las «reuniones de respaldo» a los megapactos energéticos con Washington son, en realidad, la firma de su propia subordinación y un salvoconducto condicionado. Al ver que el «Rodrigato» entrega los esquemas de financiamiento ilícito que sostenían la lealtad de las guarniciones, el pánico se apoderó de los uniformados. Temiendo ser convertidos en los próximos chivos expiatorios para saciar las demandas de la justicia penal estadounidense, los altos mandos militares entran en una dinámica de «guerra de dosieres», blindando sus archivos antes de que la propia cúpula civil los ponga en un avión rumbo a Florida.
Ante esta asfixia sistémica, se configuran de forma inminente tres escenarios de excepción e implosión institucional en el corazón del Estado policial chavista:
La estampida de los expedientes en el TSJ y la Fiscalía:
Jueces de control, magistrados y fiscales superiores ya no compiten por el favor del partido, sino por la velocidad de sus deserciones. El colapso del sistema penal se anticipa mediante la filtración masiva de archivos clasificados de persecución política hacia agencias internacionales. Los operadores judiciales de rango medio, conscientes de que sus firmas están estampadas en violaciones flagrantes a los derechos humanos, comenzarán a cruzar fronteras de forma clandestina o a asilarse en embajadas aliadas de Occidente, canjeando la base de datos de la represión judicial por inmunidad o protección para sus familias.
La rebelión pasiva de los sótanos (DGCIM, SEBIN y PNB):
Los cuerpos de represión física entran en una fase de parálisis operativa extrema por autopreservación. Los comisarios y directores de línea de la DGCIM y el SEBIN, históricamente subordinados a la línea dura de Cabello, saben que los Rodríguez están desmantelando los pactos de impunidad. Ante el temor de que se registren los centros de detención como parte de los acuerdos de «limpieza» exigidos por el Departamento de Estado, los mandos operativos optarán por la insubordinación silenciosa: desacatarán órdenes de captura políticas, destruirán manuales de operaciones y borrarán las cadenas de custodia de las salas de tortura.
La desbandada y el contrabando de información militar:
En los cuarteles y comandos de zona, la ruptura de la cadena de mando ya no se manifestará como un golpe de Estado convencional, sino como un sálvese quien pueda corporativo. Comandantes de unidades tácticas claves comenzarán a desertar llevándose consigo mapas de operaciones, rutas de negocios ilícitos que operaban con la vieja guardia y bitácoras de cooperación con grupos irregulares. La fuerza armada corre el riesgo de fragmentarse en señores de la guerra locales que buscarán negociar su rendición directa ante agencias de inteligencia extranjeras, puenteando la autoridad del alto mando formal y dejando al triunvirato flotando sobre un cascarón vacío.
La apuesta del triunvirato es de un cinismo absoluto. Pretenden entregar más de 65,000 millones de barriles de petróleo a transnacionales estadounidenses y borrar a Cuba de su retórica en la ONU para mutar el régimen en una dictadura empresarial potable para el libre mercado. Pero este giro corporativo enfrenta una amenaza letal en sus propias bases.
El chavismo de a pie, asfixiado por el colapso de los servicios tras el doble terremoto de junio y traicionado por la privatización de los activos del Estado, observa con indignación cómo sus líderes pactan con el «imperio» que tanto juraron combatir. La base social está desmembrada, alienada y en pie de guerra; el resentimiento popular contra un triunvirato que congeló los beneficios sociales para cuadrar las cuentas de las transnacionales petroleras es una bomba de tiempo en las barriadas populares.
A esta ebullición interna se suma la desconfianza estructural del propio triunvirato. Diosdado Cabello, atrincherado en el Ministerio de Interior, sabe que los Rodríguez estarían dispuestos a entregarlo si la Casa Blanca eleva el precio del contrato. Por eso, Cabello se aferra con desesperación al aparato represivo del Estado como su único escudo de vida, convirtiendo la cohabitación en Miraflores en una tensa ruleta rusa. Mientras tanto, el secretario de Estado, Marco Rubio, instrumentaliza un diálogo controlado con la oposición institucional de Dinorah Figuera, ignorando el clamor de la calle que lidera María Corina Machado exigiendo el fin inmediato de la tiranía.
El triunvirato ha decidido salvarse dinamitando su propia historia, delatando a sus socios y entregando las riquezas de la nación. Sin embargo, la historia de la Realpolitik es implacable con los traidores.
En Washington saben perfectamente que quien entrega a sus aliados por desesperación, tarde o temprano terminará entregando el resto. Una vez que la justicia norteamericana extraiga el último secreto de los discos duros de Saab y Pulido, y cuando el crudo venezolano fluya con normalidad hacia el norte, la Casa Blanca desechará a los actuales capataces de Caracas. El triunvirato cree que está compras su futuro, pero solo está financiando los plazos de su propia caída.


