Óscar Reyes Matute
Luego de las elecciones, Netanyahu (53 escaños), Eisenkot (48 escaños) tienen que arar entre los partidos árabes (19 escaños), para lograr el número mágico de 61.
Occidente suele cometer el error categórico de juzgar a Israel con la plantilla conceptual de las democracias liberales europeas. Se olvida que el Estado hebreo opera sobre una paradoja fundacional: un sistema parlamentario de vanguardia técnica injertado en el corazón de una teología política milenaria.
Comprender las elecciones de hoy en la única democracia de Oriente Medio exige adentrarse en un laberinto ideológico donde la aritmética de los 61 escaños en la Knesset no solo decide la jefatura de Gobierno, sino el destino de una nación entera en tiempos de «guerra total». Y el destino de la civilización Occidental, si le creemos a Huntington.
En el centro de esta contienda por el poder se cruzan dos trayectorias que resumen la compleja fractura identitaria e institucional del país. Por un lado está Benjamin Netanyahu, “Bibi”, el paradigma del liderazgo asquenazí revisionista. Hijo del historiador Benzion Netanyahu y heredero del sionismo de derecha que concibe la supervivencia de Israel desde la muralla de hierro y la desconfianza estructural hacia las intenciones de Occidente, Bibi ha convertido el cálculo de la coalición en una forma de arte político.
Su base no solo descansa en el Likud tradicional, sino en la alianza táctica con el sionismo religioso y las facciones ultraortodoxas, bloques que exigen concesiones dogmáticas a cambio del respaldo numérico que lo mantiene como Primer Ministro en medio de la guerra, y sin que se le fractura la alianza en la Knesset.
Frente a la hegemonía de Netanyahu se consolida la figura de Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel. Su sola presencia encarna la otra gran corriente sociológica del país: la herencia sefardí-mizrahí de origen marroquí.
Eisenkot representa la ética del trabajo, el rigor operativo y el pragmatismo de las comunidades judías que emigraron del norte de África para integrar el tejido de las Fuerzas Armadas. Su proyección en la contienda trasciende el estamento militar; encarna a un sector moderado que exige recuperar la cohesión institucional, la austeridad cívica y la rendición de cuentas tras los fallos catastróficos de seguridad que desencadenaron la conflagración regional.
El trasfondo de esta votación no es una simple disputa presupuestaria o legislativa; es el ejercicio de la soberanía en mitad de un conflicto existencial.
Tanto Netanyahu como Eisenkot han prometido ante el electorado “acabar con su cometido” respecto a la amenaza existencial de Irán contra Israel y el denominado Eje de la Resistencia.
Sin embargo, las diferencias residen en el método y en el tipo de articulación estratégica con los Estados Unidos.
Mientras Bibi opta por la presión diplomática directa y el desafío abierto cuando lo considera necesario, Eisenkot propone una coordinación militar y de inteligencia milimétrica con Washington, priorizando la preservación de la alianza estratégica transatlántica.
La relación con la Casa Blanca bajo la administración de Donald Trump añade una variable decisiva al tablero.
Trump ha dejado claro que exige resoluciones rápidas, victorias contundentes y el fin de los frentes diplomáticos abiertos que desestabilizan los mercados globales.
Para ambos aspirantes israelíes, coordinar el alcance de la disuasión militar contra Teherán bajo el paraguas estadounidense requiere una legitimidad interna absoluta. Y esa legitimidad depende, invariablemente, de un número mágico: 61 escaños.
Lograr esa mayoría absoluta en un sistema de representación proporcional pura requiere una ingeniería de alianzas sin precedentes. En esta oportunidad, el fiel de la balanza incluye variables inéditas: el comportamiento electoral de la minoría árabe-israelí y sus agrupaciones políticas en la Knesset.
La participación de los votantes árabes —divididos entre el pragmatismo de quienes buscan integrar la agenda socioeconómica y la abstención crítica hacia el sistema— se convierte en la rendija por donde puede colarse o desmoronarse la victoria de cualquiera de los dos bloques.
Un aumento porcentual en su participación altera de inmediato la barrera electoral y redistribuye los escaños decisivos.
El choque entre el pragmatismo militar sefardí de Eisenkot y la ortodoxia política asquenazí de Netanyahu refleja la paradoja de un Estado que busca definirse entre la ley democrática y el mandato histórico.
En las urnas de hoy, los ciudadanos no solo votan por un programa de gobierno, sino por el modelo de sociedad que tratará de reconstruir el país tras el fuego.
Israel camina sobre un umbral improbable, sabiendo que en la aritmética de su Parlamento se juega, en última instancia, la arquitectura de Oriente Medio y el alma misma de la nación judía.
