Héctor Sánchez
En el clásico cinematográfico Good Bye, Lenin!, el joven Alexander Kerner se enfrenta a una encrucijada extrema tras el infarto y coma de su madre, Christiane, una ferviente militante del Partido Socialista Unificado de Alemania. Pocas semanas antes de la caída del Muro de Berlín en 1989, la mujer colapsa al presenciar la detención de su hijo en una protesta. Al despertar meses después, la República Democrática Alemana se ha desvanecido y la reunificación capitalista es inminente.
Ante la advertencia médica de que cualquier sobresalto emotivo le causaría la muerte, el joven decide fabricar una realidad paralela dentro de un apartamento, convirtiéndolo en un verdadero museo del socialismo para hacerle creer que el régimen sigue intacto.
Esta piadosa mentira familiar trasciende lo doméstico para transformarse en una poderosa alegoría sobre la memoria y el autoengaño. Con la complicidad de amigos y vecinos, Alex no solo busca alimentos descatalogados en la basura, sino que llega al extremo de reescribir la historia mediante noticieros de televisión falsificados.
Traer esta premisa al contexto latinoamericano invita a un ejercicio conceptual perturbador, imaginemos a una persona en Caracas que hubiese caído en coma a finales de 2025 y despertara meses después en la realidad venezolana de 2026.
A diferencia de la Alemania reunificada de 1990, donde el reemplazo de un sistema por otro respondía a dinámicas sociológicas carentes de la inmediatez de las redes sociales, la hiperrealidad caraqueña desborda cualquier esquema conceptual de la Guerra Fría. Si el atribulado Alex tuviese que diseñar una estrategia para proteger la salud de su madre, en la Caracas actual su capacidad de fabulación tendría que multiplicarse exponencialmente ante la acumulación de paradojas e inverosimilitudes.
Para empezar, el relato tendría que explicar cómo, a los pocos días de caer la paciente en coma, una incursión militar extranjera bombardeó puntos estratégicos de Caracas, dejando más de un centenar de víctimas mortales, y decapitando el poder. Pero el giro más surrealista del guion no reside únicamente en la agresión imperial directa, sino en su inédita resolución institucional.
Cualquier espectador esperaría que semejante intervención hubiese colocado en el poder a la oposición tradicional o a un actor afín a Washington. En cambio, la presidencia fue asumida por la propia vicepresidenta del régimen intervenido, Delcy Rodríguez, junto a su hermano al frente del Poder Legislativo, quienes pasaron a gobernar bajo un entendimiento pragmático con la potencia ocupante.
El decorado incluiría fotografías de la nueva mandataria sonriendo junto a autoridades estadounidenses y agradeciendo la diplomacia norteamericana mientras se firmaban acuerdos para la explotación y comercialización de los recursos petroleros patrios. Mientras tanto, los sectores más radicales de la oposición interna, tras años de suplicar una intervención, terminaban marginados y desestimados por el propio actor imperial.
Este insólito desenlace ha reabierto un agudo debate ideológico en la izquierda mundial. Para una corriente de opinión, las concesiones del gobierno venezolano tras el ataque de enero de 2026 encuentran un paralelo histórico en el Tratado de Brest-Litovsk de 1918, cuando Vladimir Lenin impuso una paz dura y humillante ante el Imperio Alemán para evitar la destrucción total del naciente Estado soviético y agrupar fuerzas. Quienes sostienen esta tesis argumentan que las entregas petroleras y las negociaciones con Washington no representan una abdicación ideológica, sino un repliegue táctico asumido con la pistola en la sien para preservar la paz.
No obstante, la analogía leninista se quiebra en un punto medular. Mientras Lenin debatió abiertamente las humillantes condiciones ante el partido y las masas, en Caracas la mutación se ha ejecutado en estricto silencio y bajo un velo de simulación comunicacional. Sectores del pensamiento crítico denuncian que la escenografía gubernamental encubre una capitulación estructural y una reconfiguración autoritaria, donde se mantiene la retórica socialista antiimperialista para cohesionar a las bases mientras se aplica una drástica flexibilización de corte neoliberal, con dolarización de facto y la severa devaluación del trabajo.
A la par, se persigue y judicializa a la disidencia de izquierda, sindicatos y movimientos sociales, consolidando una alianza cívico-militar que neutraliza la protesta popular.
En la cinematografía de Wolfgang Becker, la imagen del helicóptero que transporta por los cielos de Berlín la estatua desmantelada de Lenin simboliza el repliegue de los horizontes utópicos frente al triunfo del mercado capitalista. En la Venezuela contemporánea, la simulación oficial intenta contener un desmantelamiento simbólico similar, atrapando a la sociedad en una normalidad en estado de emergencia, marcada por la hiperinflación, la migración forzada y el agotamiento social.
El teatro de Alex Kerner buscaba salvaguardar la dignidad y el valor humano de una vida extraviada en el devenir comunista del siglo pasado. Por el contrario, la representación caraqueña expone el riesgo de que el discurso revolucionario se reduzca a una anestesia para legitimar el poder de una nueva élite neoburguesa. Como comprende Alex al final de la película, la RDA que inventó para su madre fue un país que nunca existió de esa manera, pero que en la memoria permanecería ligado al afecto.
La sociedad venezolana no puede permitirse el refugio de la nostalgia ni la resignación ante la tramoya política. La tarea del pensamiento crítico consiste en desmantelar la polarización artificial y la simulación de bando y bando para abrir paso a una reconstrucción democrática, soberana y profundamente popular que devuelva la dignidad al país.


