José Leonardo Salazar
Durante décadas, la relación de los caraqueños con el río Guaire ha estado marcada por la distancia y el rechazo. Tratado históricamente como una cloaca abierta a la que la ciudad decidió darle la espalda, este cuerpo de agua ha sido sinónimo de contaminación, malos olores y una profunda fractura urbana. Sin embargo, un cambio de paradigma está tomando fuerza en las calles de la capital. Impulsado por colectivos ciudadanos el mito del río intocable empieza a desmoronarse para dar paso a una ambiciosa visión de convivencia y urbanismo sostenible.
Esta transformación conceptual ya cuenta con un hito tangible: la inauguración del Parque Lineal Río Guaire en Colinas de Bello Monte, un proyecto que recupera casi dos kilómetros de ribera urbana para demostrar que el río puede dejar de ser un canal inhóspito para transformarse en el «hilo conductor» de la geografía afectiva de Caracas.
El debate actual en torno al Guaire se mueve entre el escepticismo histórico y el optimismo técnico. Quienes defienden la recuperación del espacio público argumentan que el río posee un valor ecológico, pedagógico e identitario invaluable.
Para activistas urbanos como Cheo Carvajal, de Caracas a Pie, el desafío principal es tanto mental como de diseño, pues la premisa es que los ciudadanos deben «sanarse con el río» y reapropiarse de sus márgenes de manera inmediata, en lugar de postergar el encuentro ciudadano a la espera de un saneamiento total.
Desde la perspectiva de la arquitectura, la mirada de Elisa Silva, fundadora de Enlace Arquitectura, ha sido fundamental para materializar estas ideas al plantear que el Guaire es el único elemento natural —junto al Waraira Repano— que cruza la ciudad de oeste a este, lo que le otorga un potencial único como conector de movilidad peatonal y ciclista al restar espacio al protagonismo histórico del automóvil.
Sin embargo, la iniciativa no está exenta de resistencia y críticas. Sectores de la población y expertos en ingeniería hidráulica miran el proyecto con recelo debido al peligro latente que representan las crecidas del río durante la temporada de lluvias.
Asimismo, algunos detractores señalan que invertir en plazas, vegetación y caminerías es una medida «superficial» si no se resuelve primero el problema de raíz mediante el empotramiento total de las aguas servidas y el debido tratamiento de la descarga de desechos industriales, argumentando que la prioridad absoluta debería centrarse en la infraestructura subterránea de saneamiento antes de modificar la superficie.
Para hacer viable esta convivencia frente a las posturas encontradas, el proyecto —desarrollado bajo una alianza entre la alcaldía de Baruta, el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) y el sector privado— propone una fórmula de urbanismo progresivo e integral.
Esta estrategia consiste en reducir los canales de tránsito rápido para ampliar las aceras y crear ciclovías seguras, combinada con la instalación de infraestructura verde y biofiltros que mitiguen las islas de calor.
De forma simultánea, contempla continuar el saneamiento hidráulico mediante colectores marginales en las quebradas afluentes para limpiar el caudal de forma paulatina, mientras se equipan los márgenes con iluminación eficiente y actividades culturales que garanticen la seguridad a través de la ocupación ciudadana, proyectando expandir este circuito caminable hasta los seis kilómetros continuos conectando con Las Mercedes y el puente Lincoln.
El caso del río Guaire evidencia que la reconciliación de Caracas con su entorno natural ya no es una utopía de escritorio, sino un debate urbano vivo donde la ciudad ensaya una nueva forma de habitarse a sí misma.


