Audio: https://clyp.it/yf4fhlty
Julio A. López, editor jefe.- Durante un siglo, el petróleo fue un club de canas. Para sentarse a la mesa hacía falta haber pasado décadas en el campo, conocer de memoria la viscosidad de un crudo extrapesado y saber negociar con ministros, generales y banqueros. Ese club acaba de ser asaltado. Una generación de inversionistas jóvenes, con más capital que experiencia, irrumpe sin anestesia en la industria venezolana y obliga a los veteranos a hacerse una pregunta incómoda: ¿hace falta saber de petróleo para ganar con el petróleo?
En Estados Unidos, se les llama wildcatters a los exploradores audaces que perforaban donde nadie se atrevía. Nosotros hemos bautizado a esta nueva especie como babycatters: jóvenes sin trayectoria en el sector que llegan a los campos petroleros venezolanos con una ventaja que ningún título de ingeniería puede comprar: capital disponible y apetito por el riesgo.
La empresa venezolana Primavera es el ejemplo más visible. Detrás están un cofundador de Coinbase, que hizo su fortuna con criptomonedas, y un diseñador de producto venezolano formado en Stanford que hasta hace unos meses no había mostrado ningún interés público en la energía. Hoy firman contratos con Petróleos de Venezuela en el Palacio de Miraflores y prometen 100.000 barriles diarios a corto plazo.
Sería fácil burlarse de ellos, y muchos lo hacen. Pero los críticos pasan por alto un detalle: los babycatters no pretenden saberlo todo; pretenden pagar a quienes sí lo saben. Esta semana, Primavera fichó a la plana mayor que dirigía Chevron en Venezuela y al exjefe de la recuperación mejorada de Occidental. Lo que les falta de experiencia lo están comprando a buen precio.
Alejandro Betancourt es un babycatter de otra especie. El petróleo nunca había sido su terreno. Hoy su empresa, North American Blue Energy Partners (NABEP), tiene concesiones de 100 años en 17 campos que producen unos 200.000 barriles diarios. Su meta es superar el millón con inversiones de hasta 100.000 millones de dólares y con un socio bien particular: el Pentágono, con una participación del 35% a través de su Oficina de Capital Estratégico. Ningún otro recién llegado ha dado un salto así.
Tampoco ninguno llega con tanto pasado: Betancourt ha sido investigado en varios países, aunque nunca ha sido condenado y rechaza las acusaciones. Si Primavera muestra que el talento se puede comprar, NABEP demuestra que en esta nueva Venezuela pesan tanto los contactos en Washington como la chequera.
Mientras unos cuestionan su falta de trayectoria y otros subestiman sus ambiciones, los babycatters avanzan a la velocidad de un Blitzkrieg, una auténtica guerra relámpago empresarial que no se libra en los desiertos del norte de África ni en las llanuras europeas, sino en los campos de Zulia, Anzoátegui, Monagas y la Faja del Orinoco, el nuevo teatro de operaciones de una ofensiva que se mide en contratos, taladros y fichajes.
Nada de esto garantiza el éxito. El petróleo ha humillado a muchos recién llegados con chequera abultada: los yacimientos maduros no perdonan errores, la seguridad jurídica en Venezuela sigue siendo frágil y varios de los campos que hoy cambian de manos tenían operadores anteriores que ya amenazan con acudir a tribunales internacionales. El capital abre puertas, pero no saca crudo del subsuelo.
Aun así, sería un error subestimarlos. Cada ciclo petrolero ha tenido sus intrusos, y algunos terminaron fundando imperios. La pregunta ya no es si los babycatters pertenecen a esta industria. La pregunta es si la vieja guardia sabrá adaptarse antes de que los recién llegados aprendan el oficio.
Los Babycatters no han llegado para aprender lentamente las reglas del viejo negocio petrolero. Han llegado con dinero, ambición y una pregunta incómoda para sus veteranos: ¿y si las reglas están a punto de cambiar o ya cambiaron y no se han dado cuenta?


