Héctor Sánchez.- Hay una instancia que no aparece en los organigramas del Estado ni de ninguna empresa en específico, que no tiene siglas y que no se sienta en ninguna mesa de diálogo, pero que, de un tiempo a esta parte, gobierna Venezuela con más eficacia que cualquier institución, la máquina de impedir.
Se trata de un mecanismo que obstruye, bloquea y desmantela cualquier posibilidad de democratización real y de salida a la crisis en condiciones de justicia social para las mayorías.
La máquina de impedir es la combinación aceitada y funcional entre el gobierno surgido del madurismo y la oposición de derecha, tanto la que encarna Dinora Figuera como la que se presenta como «excluida» del diálogo por su postura recalcitrante. Son dos brazos de un mismo cuerpo y dos discursos con un solo objetivo. Se trata de dos bandos que se insultan, se descalifican y se acusan mutuamente de traición, compartiendo ambos la traición mayor al pueblo venezolano y la entrega de rodillas a EE. UU, coincidiendo en lo fundamental, impedir que el país cambie de verdad.
Además, ahora se presentan como los salvadores de la crisis que ellos mismos causaron. Por un lado, está el gobierno, que se alojó en el poder como consecuencia de la invasión y que hoy se limita a ejecutar las órdenes de los invasores. Por esa vía, firma acuerdos petroleros a espaldas del pueblo, entrega reservas por cien años y autoriza sobrevuelos militares del ocupante, presentando todo como «triunfos de la diplomacia de paz». Es el brazo ejecutor de la máquina, el que administra el despojo con la excusa de la gobernabilidad.
Por otro lado, se encuentra la oposición recalcitrante, dividida en dos facciones que en apariencia se odian -y tal vez se odian de verdad en lo personal por celos políticos-, pero que han colaborado activamente en el desastre actual. Ambos sectores -gobierno y oposiciones- parecen enemigos que se insultan, se descalifican y se acusan mutuamente, pero en realidad son engranajes de la misma máquina. Ninguno cuestiona lo fundamental, que el país ha sido invadido, que el petróleo se entrega a precio de costo y que la soberanía se ha convertido en una palabra vacía. Solo discuten quién debe administrar el despojo, quién debe arrodillarse ante Washington y quién debe llevarse el crédito de la sumisión.
Lo más perverso de esta máquina es que ha capturado el desacuerdo mismo y lo ha vuelto algo funcional al sistema. Sirve para mantener la ilusión de que hay un debate, alternativas y una lucha política real, cuando en realidad no la hay. Lo que existe es una máquina que produce desacuerdos en serie de puro disimulo -como una fábrica produce tornillos- para que el público crea que algo está pasando mientras se acuerdan otros asuntos en los que la gran mayoría nacional sale perdiendo.
Los filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari lo advirtieron, el poder no teme al desacuerdo, lo necesita. Un sistema sin adversarios se vuelve sospechoso; en cambio, un sistema cuyos adversarios fingen serlo se vuelve invencible.
La máquina no tiene ideología, no le importa el socialismo, el liberalismo, la democracia cristiana ni el progresismo. Le da igual quién gobierne, siempre que el país siga funcionando como una mina a cielo abierto, como un campamento o como un botín. Su único objetivo es perpetuarse, y para ello necesita que nada cambie, que todo parezca cambiar y que la rueda siga girando sin avanzar.
La pregunta, entonces, no es quién debe gobernar, sino cómo se rompe la máquina y cómo se desactiva ese aparato de captura que ha convertido el desacuerdo en entretenimiento, la crítica en espectáculo y la política en una farsa.
No hay una respuesta fácil, pero existen algunas pistas. La primera es dejar de creer en salvadores, en mesías, pues ningún mesías desactivará la máquina al ser todos parte de ella. La segunda es recuperar la memoria, recordar quiénes nos llevaron a esta situación, quiénes prometieron un cambio y fueron más de lo mismo, quiénes traicionaron al pueblo, quiénes firmaron los acuerdos del pasado, del presente y del futuro, quiénes aplaudieron las sanciones y quiénes celebraron y quienes se aprovecharon de la invasión. La tercera es construir una nueva política: organizarse en todas las ciudades, pueblos, fábricas, universidades y comunidades, sin esperar permiso de nadie y sin pedirle a ningún imperio que nos conceda la libertad.
Porque la máquina de impedir solo funciona si nosotros la alimentamos, si creemos en sus teatros, si participamos en sus espectáculos y si elegimos entre sus opciones prefabricadas. El día que dejemos de hacerlo y decidamos no elegir entre dos versiones de la misma sumisión, ese día la máquina empezará a fallar.
