Por qué Venezuela crece, pero el bienestar no llega al bolsillo

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El FMI proyecta que el PIB venezolano aumentará 5 % en 2026, mientras que la inflación mensual se desaceleró en septiembre. Sin embargo, el salario mínimo permanece congelado desde 2022. El economista Carlos Dürich atribuye esta brecha al peso del petróleo, la debilidad de otros sectores y la desigual distribución de las divisas.
Neirlay Andrade

Venezuela vuelve a registrar cifras de crecimiento económico que contrastan con las dificultades que enfrentan numerosos hogares para cubrir sus necesidades básicas. Las proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) apuntan a una expansión del producto interno bruto (PIB) de 5 % en 2026, mientras que el Banco Central de Venezuela (BCV) informó que la inflación mensual descendió de 13,8 % en agosto a 8,4 % en septiembre.

Sin embargo, esto no significa que los productos sean más baratos ni que los ingresos familiares hayan recuperado su capacidad de compra. El salario mínimo legal continúa congelado en 130 bolívares mensuales desde marzo de 2022 ─unos 10 centavos de dólar─ y con ello, beneficios como vacaciones, aguinaldos o prestaciones sociales han sido liquidados.

En agosto, una familia de cinco integrantes necesitó US$755,36 para cubrir su canasta alimentaria, según el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM).

La distancia entre los indicadores macroeconómicos y las condiciones materiales de la población plantea una pregunta: ¿por qué una economía que vuelve a crecer no se traduce necesariamente en una mejora generalizada del bienestar?

Para el economista y profesor universitario Carlos Dürich, la respuesta requiere mirar más allá de las cifras y analizar qué actividades impulsan la expansión, cómo se distribuyen sus beneficios y qué ocurre con los sectores que no participan de esa dinámica.

Un crecimiento impulsado por el petróleo

El FMI elevó en octubre sus previsiones para Venezuela. En su informe Perspectivas de la Economía Mundial (WEO, por sus siglas en inglés), publicado el pasado13 de octubre, proyectó un crecimiento del PIB de 5 % para 2026, frente al 4 % previsto en abril, y de 7 % para 2027, frente al 6 % de su estimación anterior. Al mismo tiempo, calculó que la inflación promedio anual alcanzará 467,9 % este año y se moderará a 174 % en 2027.

Las previsiones del organismo reflejan una economía que puede expandir su producción y mantener, al mismo tiempo, fuertes desequilibrios de precios. Para Dürich, una de las claves está en la composición sectorial del crecimiento.

«Como el crecimiento de la economía es apalancado por un único sector, que es el sector petrolero, […] no [hay] tanta generación de empleo o generación de procesos aguas abajo», señala.

La actividad petrolera requiere inversiones importantes en infraestructura, equipos y tecnología, pero no necesariamente genera empleo en una proporción equivalente al aumento de la producción o de los ingresos.

«El resto de la economía, el resto de sectores que no son petroleros, tienden o a decrecer […] o a reducir la dinámica de su crecimiento», sostiene el economista.

Esta interpretación apunta a una diferencia entre el crecimiento y la recuperación económica generalizada: el PIB puede aumentar impulsado por determinadas actividades sin que todos los sectores productivos se beneficien por igual.

La presidenta encargada Delcy Rodríguez afirmó el 8 de octubre, durante la 82.ª Asamblea Anual de Fedecámaras, que la economía venezolana acumulaba 22 trimestres consecutivos de crecimiento. También informó que el consumo nacional había aumentado 21,3 % en lo que va de año.

Estas cifras forman parte del argumento oficial de recuperación económica. Sin embargo, el aumento del consumo agregado no permite determinar, por sí solo, cuánto ha mejorado la capacidad de compra de los hogares.

Importar más no significa producir más

Otro de los factores que Dürich identifica es la relación entre el aumento de los ingresos petroleros, las importaciones y la capacidad competitiva de la producción nacional.

El economista explicó que la entrada de productos agrícolas importados puede presionar a los productores venezolanos, especialmente cuando deben competir con bienes procedentes de economías que cuentan con mayores escalas de producción, financiamiento y apoyo estatal.

Como ejemplo, mencionó las dificultades de los productores nacionales de maíz y arroz frente a las importaciones de esos rubros y de soja procedentes de Estados Unidos.

«Esos productos provenientes de Estados Unidos, se producen en un entorno económico favorable, con subsidios por parte de del gobierno federal, con baja de aranceles para fomentar exportación, entonces llegan a nuestros puertos a un precio mucho menor. Los productores internos tienen dos opciones: o se acoplan a los precios que el competidor trae, o reducen drásticamente su capacidad de competencia», afirma el profesor.

Según su explicación, cuando los productores locales no pueden competir con los precios de los bienes importados, pueden verse obligados «a vender menos, producir menos, invertir menos y generar menos cantidad de hectáreas productivas».

Dürich también considera que el mecanismo mediante el cual ingresan y circulan las divisas en la economía influye en este proceso. A su juicio, cuando los ingresos petroleros se canalizan hacia el sector privado sin una distribución suficiente que favorezca el financiamiento de la producción nacional, pueden contribuir a un aumento de las importaciones.

«Cuando usted fomenta más importaciones, hace menos competitiva la industria nacional», advierte.

Acceso a las divisas, una pieza clave del problema

La distribución de las divisas es otro elemento central en la explicación del economista. Aunque el dólar funciona como referencia para fijar buena parte de los precios, no todos tienen el mismo acceso a la moneda extranjera ni pueden adquirirla a la misma tasa.

Dürich sostiene que la brecha entre el tipo de cambio oficial y el del mercado paralelo está relacionada con las diferencias de acceso a las divisas. Los agentes económicos que no consiguen dólares a través de los mecanismos oficiales deben recurrir a otras vías.

El economista afirma que, de un monto de entre US$10.000 millones y US$11.000 millones en divisas entregadas durante el año, menos de 10 % habría sido destinado a operaciones de menudeo.

«Tenemos una gran población que no tiene acceso a esos dólares otorgados por el Banco Central de Venezuela a precio del Banco Central de Venezuela, y que tiene que recurrir al mercado abierto», explica.

La consecuencia, según su análisis, es que pequeños comerciantes y otros agentes que necesitan divisas para reponer inventarios pueden afrontar costos cambiarios superiores a los oficiales.

«Fetichismo de lo cuantitativo»

«En este boom petrolero, como en todo crecimiento de toda economía, no solo debemos ver los índices ─como el crecimiento del Producto Interno bruto o la reducción de la inflación─, sino también cómo interactúan esos dos indicadores con el resto de los procesos económicos», explica el profesor universitario.

Dürich aclara que en una economía «donde se concentra la propiedad y donde se concentran los capitales», el crecimiento del PIB «simplemente muestra que los sectores más acaudalados generan más riqueza y concentran más».

Igual pasa con la inflación ─dice─ «siempre se ve la inflación como un indicador que si se reduce es beneficioso para las grandes mayorías y si aumenta es desfavorable. Eso es cierto hasta cierto punto, porque cierto nivel de inflación es propio de una economía en crecimiento, de una economía de expansión».

En el origen de las reflexiones de Dürich está el matemático argentino Oscar Varsavsky quien habla «del fetichismo de lo cuantitativo». Un fenómeno que consiste en «creer fácticamente en los números y no tanto en la evidencia cualitativa, en la sensación de la gente».

«Hay que entender todas esas dinámicas y no solo centrarse en dos indicadores [PIB e inflación] que por sí solos no muestran enfáticamente muchas cosas», puntualiza.

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