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Julio López, editor en jefe, The Daily Journal – Hace más de una década, cuando estudiaba en la Escuela de Posgrado de Periodismo de la Universidad de California en Berkeley, un profesor de periodismo digital nos encargó un ejercicio que entonces me pareció sencillo. Debíamos elegir una empresa al azar y escribir dos textos sobre ella: uno sobre sus virtudes y otro sobre sus defectos. Yo escogí uno de los gigantes tecnológicos.
Como mi lengua materna es el español, redactaba en ese idioma y luego traducía al inglés con herramientas en línea. Con el texto elogioso no hubo ningún problema. Pero al traducir, ocurrió algo inesperado: el traductor convertía las críticas en elogios y mi ensayo terminaba convirtiéndose en una oda a la empresa. Ese día perdí mi inocencia tecnológica. Comprendí que el poder de las grandes tecnológicas podía colarse en lugares donde nadie lo esperaba.
Ayer me encontré con algo más complejo. Recibimos un artículo de opinión de Alejandro Sucre titulado «Todos a apoyar a Trump». Como hacemos con cada texto, usé herramientas de inteligencia artificial para revisar la ortografía y prepararlo para su distribución en nuestras plataformas digitales, tareas que hoy hacen nuestro trabajo más rápido y eficiente.
Entre otras cosas, le pedí a la IA que revisara el título. No el contenido, ni el argumento, ni la postura del autor: solo su longitud, porque otras plataformas limitan el número de caracteres de los titulares.
Para mi sorpresa, la herramienta se negó. Insistí y me respondió que se trataba de un tema político y que no apoyaría una postura determinada.
Nadie le había pedido que apoyara nada. En The Daily Journal no censuramos ni seleccionamos opiniones según su orientación. Nuestros lectores encuentran a diario columnas que se contradicen entre sí, a veces desde extremos opuestos, publicadas el mismo día. Esa pluralidad no es un accidente: es nuestra razón de ser.
Estudié inteligencia artificial en la Universidad de Stanford. Conozco el aprendizaje profundo y los fundamentos de esta tecnología, y se supone que eso me permite ponerla a mi servicio. Ayer no me sirvió de nada. La máquina decidió que un título no merecía ni siquiera ser contado.
Que una herramienta se niegue a hacer una tarea técnica y neutral solo porque el texto toca una figura política no es prudencia: es censura por precaución. Cuando la tecnología rechaza o modifica un contenido por la orientación política de un texto, deberían sonar las alarmas.
«No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo«. La frase suele atribuirse a Voltaire, aunque la escribió en 1906 su biógrafa Evelyn Beatrice Hall para resumir su pensamiento. Hoy resume uno de los pilares de la libertad de expresión. Y nos obliga a preguntarnos qué pasará cuando ese derecho ya no dependa solo de las leyes y de las personas, sino de los algoritmos de unas pocas corporaciones.
La historia muestra lo que ocurre cuando una sola maquinaria controla qué se puede decir. Joseph Goebbels lo entendió mejor que nadie. No se trata de comparar realidades que no son equivalentes, sino de advertir que una tecnología capaz de decidir qué opiniones circulan, cuáles se modifican y cuáles desaparecen tiene un poder de influencia que ningún aparato de propaganda del siglo pasado pudo imaginar.
El verdadero peligro no es que la inteligencia artificial tenga opiniones políticas. Es que sus creadores terminen imponiendo sus criterios a millones de personas mediante sistemas opacos, sin transparencia y sin una forma real de reclamar. La inteligencia artificial debe estar al servicio de la libertad de pensamiento. No puede convertirse en su juez, ni en su censor, ni mucho menos en su verdugo.


