La bancarrota del relato: Anatomía del colapso moral y político del progresismo latinoamericano

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Luis Contreras

América Latina atraviesa una profunda recomposición de su mapa político. Este fenómeno no responde a la irrupción súbita de una nueva doctrina económica en las mayorías populares, sino al desgaste acelerado de las opciones transformadoras.

El reciente retroceso electoral del progresismo en la región constituye el síntoma de una patología política estructural: la distancia infranqueable entre una élite gobernante replegada sobre sus certezas morales y una ciudadanía atravesada por la precarización, la delincuencia y la demanda urgente de certezas cotidianas.

Atribuir la pérdida de respaldo popular a conspiraciones mediáticas o a la «alienación» del electorado es incurrir en el mismo diagnóstico equivocado que catalizó estos desenlaces. La causa de fondo reside en una crisis de conducción política en la que la burocratización, la hipertrofia de los egos, el voluntarismo discursivo, el fraccionamiento interno y la adicción al espejismo digital dinamitaron el pacto de confianza con las bases sociales.

La trampa de la tutoría ilustrada y el distanciamiento de clase

En su tránsito hacia el poder, el progresismo regional mutó de movimiento de impugnación popular a burocracia de Estado.

En esa metamorfosis, los cuadros dirigentes adoptaron progresivamente una postura pedagógica y paternalista: la de una minoría ilustrada que busca instruir a las masas sobre cómo interpretar sus propios padecimientos.
Esta actitud impidió comprender las transformaciones socioeconómicas de la sociedad.

Si bien las políticas redistributivas y la bonanza de las materias primas permitieron a millones salir de la pobreza extrema, la mejora material no estuvo acompañada de una construcción de conciencia política afín.

Las nuevas clases medias urbanas adoptaron pautas de consumo e individualismo, encontrando en las narrativas del mérito personal y en las redes de contención de las iglesias neopentecostales la cohesión social que la dirigencia política distanciada en su torre de marfil ya no brindaba.

Cuando el ciudadano de a pie exigió soluciones a la criminalidad y la inflación, la respuesta del elitismo gobernante fue, a menudo, la condescendencia teórica, tildando la angustia popular de «falsa conciencia» o «populismo punitivo».

Al desestimar la demanda primaria de seguridad física y estabilidad económica, la élite progresista cedió a las derechas radicales el monopolio de la protección y del orden.

La autoficción digital, los egos y el fragmentarismo

El aislamiento sociológico se profundizó por tres distorsiones graves en el comportamiento de la dirigencia: la personalización narcisista del poder, la subordinación a la razón mediática y la incapacidad para sostener alianzas.

La política se convirtió en una arena de personalismos donde las disputas de cúpula sustituyeron la articulación comunitaria.

Los liderazgos históricos bloquearon la formación de relevos generacionales, prefiriendo rodearse de entornos complacientes que retroalimentaron su infalibilidad.

A esto se sumó un purismo ideológico que expulsó a los sectores pragmáticos indispensables para sostener mayorías, fragmentando al espacio político en disputas de facción.

A la par, la dirigencia cayó en la trampa de la «razón mediática», confundiendo la batalla del relato en redes sociales con el territorio real. Se asumió que el impacto algorítmico, los Trending Topics y la viralidad discursiva equivalían al respaldo popular.

Sin embargo, mientras el progresismo ganaba debates morales en plataformas virtuales, el votante popular continuaba expuesto a la extorsión cotidiana, al empleo informal y a la pérdida del poder adquisitivo.

La sustitución de la gestión técnica por el espectáculo digital generó un abismo entre la autoficción del gobierno y la vivencia del ciudadano.

La crítica desde Mariátegui y Maneiro: Del calco teórico al olvido del territorio

Para comprender las dimensiones de este quiebre, es preciso recuperar los referentes metodológicos del pensamiento crítico regional.

José Carlos Mariátegui advirtió que los proyectos de transformación en América Latina no podían ser «calco ni copia, sino creación heroica».

La dirigencia contemporánea sustituyó el antiguo dogma doctrinario por la importación acrítica de agendas identitarias posmodernas, intentando forzar la realidad social para que encajara en sus esquemas teóricos, en lugar de construir teoría a partir de las urgencias materiales del pueblo.

Por su parte, Alfredo Maneiro enseñó que la auténtica «eficacia política» es inseparable de la «calidad revolucionaria», entendida como la coherencia ética, la ausencia de privilegios y la sintonía orgánica con los sectores populares.

Al reducir la política a la administración de parcelas de poder en el Estado y al despliegue de propaganda mediática, las cúpulas progresistas abandonaron el trabajo de base en las fábricas, barrios y universidades.

Cayeron en lo que Maneiro denunció como el sectarismo de las elites de izquierda: feudos burocráticos incapaces de inspirar o de resolver los problemas de la gente.

Desmontar la vanidad para evitar el colapso definitivo

Las masas populares no se han volcado masivamente hacia la extrema derecha por alineamiento doctrinario, sino por una feroz reactancia de supervivencia: el rechazo tajante a una aristocracia ilustrada que pretende sermonearlas desde la comodidad del poder mientras naufragan en la orfandad material y la violencia criminal.

La bancarrota del progresismo no es fruto de la incomprensión de los pueblos, sino del eclipse ético y político de una vanguardia que prefirió la autocomplacencia del relato a la eficacia de la transformación real.

Mientras la dirigencia no tenga la valentía de demoler su cultura del egocentrismo, abandonar el juicio moral inquisitorial contra el electorado y enterrar el fetiche de la política de pantalla, cualquier intento de reorganización será un mero maquillaje burocrático.

El futuro del proyecto transformador en América Latina exige descender de una vez por todas del pedestal pedagógico, renunciar a los privilegios de casta y someterse a la disciplina del territorio; de lo contrario, la historia terminará barriendo a estas cúpulas no como víctimas de un destino adverso, sino como las verdaderas arquitectas de su propia irrelevancia.

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