Roberto Smith.- El marxista Gramsci entendió algo que el Leninismo no pudo resolver: por qué la revolución triunfaba en Rusia y China y fracasaba en Europa. Su respuesta fue que, en Occidente, el orden no se sostiene solo con el ejército y la policía.
Se sostiene con la hegemonía cultural: aquello que una sociedad da por normal, decente y de sentido común. El pensamiento del cafetín y de la mesa hogareña.
Para tomar el poder no servía el asalto al palacio. Había que ocupar antes la burocracia, la escuela, la universidad, el periódico, el tribunal y, sobre todo, el lenguaje con el que la gente nombra la realidad. A eso lo llamó la Guerra de Posición. Inventó el Marxismo Cultural: la larga marcha de la revolución a través de las instituciones.
En Venezuela esa marcha no fue una importación tardía de los años 60. Estuvo en el origen de la democracia porque la generación que derrotó a la dictadura y fundó el pacto de Punto Fijo venía, en su mayoría, de la izquierda. Acción Democrática nació como partido socialista; Copei, como socialdemócrata; y el liderazgo intelectual, partidista, sindical y universitario compartía ese horizonte. El anticomunismo de Betancourt fue real, y sirvió para contener la guerrilla, pero no desalojó la premisa básica: que el Estado debía ser el gran organizador de la vida económica y que el capital privado, sobre todo el extranjero, era una fuerza para domesticar o exterminar. La democracia se construyó, con aparente libertad política, pero con una cultura económica torcida hacia el Estado.
Ese tuerce tuvo su mito externo: ¡Fidel! Durante décadas, la intelectualidad venezolana repetía que Fidel Castro era la única vía para sacar a Cuba —y, por extensión, a América Latina— de las garras de la corrupción explotadora que atribuían al capitalismo. La pobreza se leía como explotación de la caña y de los burdeles; sacrificio; la represión, como precio de la dignidad; el éxodo «gusano», como traición de la burguesía que no entendió la gesta. Mientras ese relato fue aplaudido en la universidad, en la prensa y en la política, ninguna derecha pudo echar raíces.
No faltaron votos conservadores ni intereses empresariales. Faltó legitimidad política. Defender el mercado, la propiedad o una alianza abierta con los Estados Unidos de América sonaba a complicidad con el enemigo imperial que La Habana había designado. Por eso en Venezuela nunca prosperó un partido de derecha: el espacio estaba mentalmente cerrado antes de que se abriera el debate.
El principal bastión fue el petróleo. Sacar a las multinacionales se convirtió en la gran meta nacional, multiclasista y consensual. Cuando, a mediados de los setenta, se estatizó la industria, apenas se recuperó un recurso. Se expulsó a Shell, a la Standard Oil y al resto, y con ellas se eliminó la única fuerza económica y cultural de peso que todavía encarnaba, dentro del país, la lógica del capitalismo: inversión de riesgo, gerencia privada, estándares ajenos al clientelismo y una cultura de empresa que no rendía culto al Estado. PDVSA heredó el talento de esas multinacionales, pero también heredó la premisa política: la propiedad es del Estado, el jefe es el Estado, la renta es del Estado y el Estado sabe mejor. Con los años, la premisa errónea devoró a la empresa.
Y hubo una arena más sigilosa: las Fuerzas Armadas. El marxismo cultural no entró allí con un manifiesto. Entró por las academias, por los cursos de Estado Mayor, por la retórica del antiimperialismo y por la idea, cada vez más natural, de que el soldado es el guardián moral de la nación frente a una burguesía sospechosa. Cuando esa premisa ya era de sentido común dentro del uniforme, el terreno estaba listo. Llegó Chávez.
Por eso, Chávez entró tan suave, sin anestesia. En 1998 no se presentó como el liquidador del sistema, sino como el corrector. Ganó incluso en el Country Club porque la élite repitió, aliviada, que no era socialista: que iba a limpiar la corrupción, a podar privilegios y a mejorar el sistema. El sistema ya había sido ganado en la cultura. Quien defendía el mercado sonaba vulgar; quien denunciaba al capital sonaba decente.
Esta es la guerra larga que estamos librando hoy, y este es uno de sus capítulos decisivos. No se trata de un meme ni de nostalgia. Se trata de sacar al chavismo enquistado en los poderes, de cerrar las fuentes de financiamiento que aún alimentan sus instituciones culturales y políticas, y de hacerlo sin guerra civil. Ese es el Plan EUA. En eso coincido con Trump: el desenlace tiene que ser político, institucional y económico, no una ruptura armada que se resuelva con sangre. EL comunista Gramsci tenía razón en el método. Una hegemonía artificial se sostiene con presupuestos, cátedras, medios y aparatos. Cuando se le corta el oxígeno y se desalojan las ideas que le dieron sentido común, el país puede volver a nombrar la realidad por su nombre.


