Zonas como Tanaguarena se asociaban con clase media alta porque en algún momento sus residentes tuvieron algo de poder adquisitivo, pero hoy solo disponen de su pensión.
Vanessa Davies.- Niurka Chirinos camina una de las calles del Tamarindo, en Tanaguarena, para enamorar a sus vecinas y vecinos de la idea de presentarse a la jornada médica organizada por Convite este miércoles en su casa, la quinta María. En una de las viviendas, donde todavía está la lista de los vivos y los muertos que dejaron los terremotos del 24 de junio, ella se come un pedacito de empanada que una familia está desayunando. Chirinos, vocera del consejo comunal Las Palmeras, ha asumido el apoyo a la gente cercana, así como el seguimiento de otra zona que se quedó sin vocera porque falleció en la tragedia del 24 de junio.
Ella misma pasó lo suyo en los terremotos. Cuenta que, en la carrera para proteger a su familia, la detuvo en seco una columna. “Tengo fractura de pómulo”, detalla. “Necesito hacerme una resonancia, para ver qué paso con los senos paranasales”. Pese a todo, acogió a más de 30 personas.
Frente a su hogar pasan los camiones que cargan escombros. A pocos pasos del lugar se encuentra la familia de Ronielt, un muchacho que perdió la pierna tras quedar aprisionado en el apartamento en el cual residía. En la esquina, varias mujeres orientan el trabajo de las máquinas que rompen y mueven. La tragedia no concluye en esta zona.
“Llegaron las lluvias después del terremoto y fue bastante fuerte también, porque este no era un lugar en el que llovía constantemente. Pero hasta eso nos sorprendió: la cantidad de agua que ha caído durante este tiempo. Son muchas cosas. Sí, son muchas cosas juntitas, pero la hemos ido superando paso a paso”, afirma.
En los extremos de la vida
¿Se necesitaba la jornada de Convite? “Sí, era muy necesaria, puesto que nosotros, incluso después del terremoto, no habíamos tenido asistencia médica por muchas razones: el acceso a esta zona era muy intrincado, había muchos escombros, había muchos camiones y carros grandes del Estado removiendo escombros y sacando a las personas fallecidas de los espacios”, explica Chirinos.
Las implosiones no han llegado, aclara. “Hay edificios con daños estructurales severos que van a ser demolidos, implosionados. Solo en esta calle vemos cinco que están en alto riesgo. Estamos en alta vulnerabilidad, porque hay muchas casas que están cerca de esos edificios que están muy colapsados”.
Solo en tres calles -sin contar la que perdió a su vocera debido a los sismos- “estamos hablando de 185 personas, y exactamente 96 familias. Hay 47 niños y tenemos una alta data de adultos mayores: 60. La mayoría son hipertensos; tenemos muchos casos con diabetes, personas con marcapasos y condiciones cardíacas”.
Se supone, reflexiona, “que este siempre se ha catalogado como un sector de clase media alta, porque muchos tenían capacidad económica en un momento; pero no porque sus edificios tengan piscina eso significa que tenían un estatus de vida alto. Así no se mide la vulnerabilidad de la persona”, aclara. “Estas personas viven de una pensión. ¿Qué pueden hacer con esa pensión, si tienen que cubrir los gastos del condominio de un edificio con piscina que no usan? Son muchos elementos cuando uno dice que necesitan asistencia, y es justo y necesario que la reciban. No tienen ni cómo pagar una clínica”.
Lechina y respiración
Necesidades hay muchas, pero al momento de priorizar, Chirinos se inclina por el agua. “Hace poco vino Water Mission y trajo un tanque de 5.700 litros, pero no se da abasto para la cantidad de población, porque tenemos un campamento transitorio en el campo de golf y la gente se surte de esa agua igualmente”.
Las enfermedades están a la orden del día: “Hemos visto diarrea y fiebre. Ahorita tenemos un brote de lechina. Hay un brote de lechina con siete casos de lechina. La mayoría son de un núcleo familiar, pero estas personas han tenido contacto porque están en unas carpas aquí cercanas al sector, y yo me imagino que al que no le dio lechina, le va a dar. Y tenemos ahorita problemas respiratorios por esta cantidad de polvo que se está generando por la demolición y por la recolección de los escombros”.
La atención psicológica, en estas condiciones, no es un lujo; es una necesidad. “Tenemos unas familias que perdieron cuatro o cinco miembros, tenemos familias que perdieron a 15 o 16 miembros. Ha sido fuerte, porque más allá de lo material, que perdieron su casa, se encuentran en una situación dura. ¿Qué hacemos? ¿Para dónde nos vamos?”. Se quedan en casas de vecinos. No saben qué hacer. No hay rumbo para ellas, pero quieren tenerlo.


