Es un gran tipo mi viejo

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Óscar Reyes Matute

Hay noticias que no solo anuncian la partida de un hombre, sino que agrietan de golpe los muros de la memoria. La reciente muerte de Piero De Benedictis, el entrañable cantautor nacido en la Gallipoli italiana y nacionalizado en el afecto rioplatense, marca la despedida de la última gran voz de un trío formidable de exportación que, entre las décadas de los sesenta y los ochenta, redefinió la canción popular de Argentina para el continente entero. Junto a Sandro y Leonardo Favio, Piero conformó un altar laico del sentimiento popular: tres estéticas distintas, tres formas de abordar la pasión, el desgarro y la condición humana.

Sandro era la llamarada, la conmoción escénica y el erotismo desenfrenado moviendo las caderas y cantando «Rosa». Recordarlo es evocar su paso por Caracas, cuando pisó los escenarios de De Fiesta con Venevisión desatando tal histeria que las admiradoras le arrojaban prendas íntimas en el estudio.

Yo lo recuerdo con especial claridad porque, a mis escasos ocho años, tenía una novia llamada Rosa que me enseñó la arquitectura del beso. Nos subíamos al muro del fondo que dividía nuestras casas y nos besábamos con ardor clandestino, ocultos tras el follaje tupido de un almendrón, mientras de fondo resonaba la época dorada de aquellas baladas febriles.

Leonardo Favio, por su parte, representaba el enigma y la densidad poética. Sus canciones, cargadas de una melancolía sobria e intelectual como «Ella ya me olvidó» -que uno todavía entona con una cerveza en la mano en algún karaoke trasnochado-, escondían un propósito aún más elevado.

Muchos años después, cuando viví en Buenos Aires y devoraba cine de manera desaforada, cuando descubrí que Favio cantaba y grababa discos principalmente para financiar sus verdaderas obsesiones cinematográficas, legándonos obras maestras incontestables como Crónica de un niño solo.

Pero fue con Piero donde la canción popular rozó una fibra ontológica diferente. Si bien él venía de una vanguardia con pinceladas de rock y una posterior canción de protesta de profunda sensibilidad social, la obra que lo inmortalizó para siempre en el imaginario colectivo fue «Mi viejo».

Nació en Italia, pero echó raíces definitivas en Buenos Aires, y fue precisamente caminando por las avenidas porteñas donde comprendí el verdadero y conmovedor significado vital de ese tema.

Caminar por los bulevares de Buenos Aires en aquellos años era tropezarse con la dignidad cansada de miles de ancianos italianos que habían emigrado en los tiempos dorados del tranvía. Hombres de manos callosas y mirada limpia cuya existencia entera se resumía en la sencillez del pan, la pasta dominical, el vino tinto y el trabajo abnegado. Verlos andar a paso lento por la calle, con las manos cruzadas en la espalda, era como contemplar a seres que caminaban perdonándole la vida al tiempo.

A partir de Piero y de esos paseos porteños, comencé a mirar a mi propio padre con unos ojos absolutamente distintos. Él, un emigrante colombiano que había cruzado fronteras buscando un destino, empezaba también a caminar cada vez más despacio, arrastrando los pasos con esa misma ternura grave de los hombres que han entregado sus mejores años al bienestar de los suyos.
Entendí entonces que esa lentitud no era decrepitud, sino el peso noble de la memoria, un presagio del destino que nos aguarda inevitablemente a todos.

Guardo como una dulce pátina aquellas caminatas en Buenos Aires, respirando el aroma de sus cafés y caminando al lado de esos viejos entrañables por los bulevares de la capital.

La voz de Piero nos enseñó a mirar a nuestros padres no como figuras de autoridad inalcanzables, sino como hombres de carne y hueso, vulnerables y nobles en su andar fatigado.

Hoy que Piero se marcha a reunirse con los suyos, nos queda su canción flotando en el aire como un abrazo eterno a la memoria de todos los viejos que nos enseñaron a caminar.

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