El futuro entendido como Parley

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Héctor Sánchez, sociólogo.- En una cuña de una casa de apuestas deportivas, dos jóvenes conversan sobre su futuro: uno angustiado y el otro relajado. El angustiado le pregunta al relajado cómo hace para no preocuparse, y este, sonriente, le responde: «Porque tengo un plan». El plan, por supuesto, era hacerse rico apostando. Parece un chiste y, de hecho, da risa; pero detrás de la ocurrencia se esconde una realidad para nada graciosa, en este país, para las mayorías -y en especial para los más jóvenes-, la única opción medianamente honesta que va quedando para salir adelante es ganarse la lotería o pegarla en una apuesta deportiva.

Y decimos «medianamente honesta», así entre comillas, porque si bien quienes juegan a la lotería o apuestan en línea no le están robando a nadie ni haciendo nada deshonesto, la proliferación masiva de estas prácticas en el momento actual del país sí representa un crimen en sí mismo. ¿O no es verdad que el secreto de su éxito radica en aprovecharse de la precariedad generalizada, la catástrofe salarial y la falta crónica de expectativas de progreso? Una situación en la que nos han hundido quienes nos han gobernado en la última década apelando al «como sea», junto a quienes les han disputado el poder apelando al mismo criterio.

¿Y quién dice -dicho sea de paso- que detrás de esa fauna de loterías y casinos virtuales y físicos, casas de apuestas e imprevistas modalidades del «envite y azar» que han proliferado en los últimos años no están unos y otros?. Pero también es verdad que no estamos hablando de un mal exclusivamente venezolano; en Latinoamérica -la región más desigual del planeta- es una afección crónica. En Brasil, por ejemplo, a días de unas elecciones históricas, el gobierno de Lula da Silva prohibió las apuestas deportivas y los casinos virtuales: una industria que genera millones de dólares y que, por lo tanto, tiene muchos dolientes.

La medida fue drástica: el gobierno eliminó 506 páginas web ilegales y Lula vinculó directamente las apuestas con el endeudamiento de las familias, comparando esta actividad con la adicción a las drogas. En 2025, cerca de 25 millones de brasileños apostaron por un volumen estimado en 42 500 millones de dólares. Como era de esperarse, la prohibición generó resistencia; los equipos de fútbol de primera división, muchos de ellos patrocinados por empresas del ramo, criticaron la medida y advirtieron sobre su impacto financiero.

En vísperas de unas elecciones, Lula podría haber mirado hacia otro lado. Había una industria poderosa detrás, con millones en juego y unos comicios a la vuelta de la esquina. Sin embargo, decidió hacer lo que debía y no lo que más le convenía. Por eso mismo la medida resulta más admirable, en especial en estos tiempos en que los políticos, de manera cada vez más descarada, ya no actúan por deber sino por conveniencia.

Este zarpazo contra el negocio del azar se produjo en un escenario político extremadamente complejo. Brasil atraviesa una contienda electoral hiperpolarizada donde el mandatario enfrenta un inédito y reñido balotaje frente a Flávio Bolsonaro. Tras una primera vuelta ajustada -marcada por el descontento de sectores populares golpeados por la inflación de los alimentos y el agudo endeudamiento familiar-, el oficialismo se vio obligado a reajustar su estrategia de campaña. La combinación de altas tasas de interés, compromisos financieros para cubrir necesidades básicas y la proliferación de apuestas en línea erosionó la percepción de bienestar, convirtiendo la realidad del bolsillo en un factor determinante en las urnas.

Sin embargo, frente a este revés y a la presión de la ola conservadora, Lula da Silva apela a la esperanza colectiva argumentando que la batalla recién entra en su «tiempo extra». Al reivindicar la soberanía nacional, la inversión educativa y el bienestar social, el líder progresista plantea la elección no como la victoria de un candidato, sino como la defensa misma de la democracia y de un modelo inclusivo. Frente a la resignación y a las falsas ilusiones de prosperidad rápida, su propuesta busca reconectar con las mayorías trabajadoras, convencido de que la confianza en el mañana no se decreta ni depende del azar, sino que se reconstruye mediante proyectos colectivos e instituciones creíbles.

Pero reducir el tema a un asunto ético o de educación financiera es un error. El juego patológico -la ludopatía- es un problema de salud pública que en Venezuela, si no lo es ya, puede llegar a serlo de forma muy aguda. En los últimos años, al calor de la crisis económica ¿quién no recuerda los célebres «animalitos» de los años del COVID y la hiperinflación?, el índice de ludopatía se ha incrementado notablemente, afectando sobre todo a los más jóvenes. El psiquiatra César Sánchez Bello ha señalado que nota un aumento considerable de personas que acuden a consulta por adicción al juego, principalmente por apuestas deportivas, superando incluso a quienes buscan atención por adicción a casinos o bingos.

El impacto no es solo individual: trasciende al núcleo familiar, laboral y social. Las familias se enfrentan a severas dificultades financieras, distanciamiento emocional y a la alteración de su vida cotidiana. Los servicios sociales registran un aumento de consultas sobre deudas e incapacidad de control sobre la propia conducta. En un país donde el salario mínimo es uno de los más bajos del mundo, sin acceso a crédito y con una movilidad social prácticamente nula, la apuesta aparece como la única puerta -falsa, pero puerta al fin- hacia un futuro diferente. Esa desesperación es el caldo de cultivo perfecto para la adicción.

El problema, entonces, no radica únicamente en que la gente apueste, sino en que la apuesta parece haberse convertido en la única narrativa de esperanza disponible. Y una sociedad que solo puede soñar con ganarse la lotería es una sociedad a la que le han robado algo más que el salario, le han despojado de la capacidad de imaginar un futuro construido con esfuerzo, organización y proyecto colectivo.

Los psicólogos llaman a esto desesperanza aprendida, esa mezcla silenciosa de agotamiento colectivo, desconfianza hacia la política y reducción progresiva de las expectativas sobre el mañana. Cuando una sociedad vive demasiado tiempo bajo la presión de la incertidumbre, comienza a adaptarse emocionalmente a la crisis, asumiendo un presente difícil como si fuera una condición permanente.

Reconstruir la confianza es una tarea mucho más compleja que reparar carreteras, puertos, refinerías o el sistema eléctrico. Las infraestructuras pueden arreglarse con inversión y tiempo; y por su puesto sin una gerencia pérfida, la confianza social, en cambio, requiere credibilidad, estabilidad, esperanza e instituciones sólidas. Esa esperanza no se compra con bonos ni se decreta desde un palacio: se construye con hechos, con instituciones creíbles y con proyectos de país que vayan más allá del «quítate tú para ponerme yo» que ha caracterizado a nuestras élites durante décadas.

Venezuela posee recursos extraordinarios, petróleo, gas, potencial agrícola, biodiversidad, turismo y una ubicación geográfica estratégica. Sin embargo, nada de eso garantiza por sí mismo el bienestar. Para lograrlo se necesita algo más que un acuerdo petrolero firmado a espaldas del pueblo. Se requiere un proyecto nacional colectivo e inclusivo, que no se diseñe desde Washington ni desde Miraflores, sino desde los barrios, las urbanizaciones, con los trabajadores, las universidades y las comunidades. Se necesita, sobre todo, recuperar la convicción de que el futuro no es una promesa vacía, sino una posibilidad real. Un país comienza verdaderamente a reconstruirse cuando sus ciudadanos recuperan la certeza íntima de que vale la pena volver a creer en el mañana. Mientras esa convicción no exista, las apuestas, las loterías y los casinos virtuales seguirán floreciendo; porque no son la causa de la desesperanza, sino su síntoma más visible.

La solución, por lo tanto, no consiste simplemente en prohibir las apuestas. La solución pasa por construir un país donde apostar no sea la única opción; donde el trabajo, el esfuerzo y la formación vuelvan a tener sentido, y donde los jóvenes puedan imaginar un futuro que no dependa del azar. Y eso, estimados lectores, se resuelve únicamente con más democracia y con un proyecto de país donde la gente pueda elegir libremente y no resignarse a ver qué le toca en la rebatiña de los más astutos.

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