La trampa del espejo: ¿Por qué la izquierda prefiere la negación al futuro?

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Luis Contreras

The Daily Journal – El mapa político de América Latina está cambiando de piel, pero sus cúpulas parecen incapaces de registrar el sismo. Las recientes jornadas electorales en Brasil y Colombia no representan simples derrotas coyunturales o giros pendulares de la política tradicional; configuran el acta de defunción de una narrativa oficialista que prefirió la autocomplacencia ideológica antes que la confrontación con los hechos. Al refugiarse en un mecanismo de defensa colectiva donde la culpa siempre es del algoritmo, del cerco mediático o de la conspiración externa, la izquierda continental ha decidido hundir la cabeza en la tierra, paralizada por el miedo a su propia obsolescencia.

El veredicto de las urnas ha sido nítido. Que el bolsonarismo dispute la hegemonía en el Congreso brasileño y ponga en jaque al Palacio de Planalto, o que la derecha en Colombia capitalice el descontento popular hasta reconquistar las instituciones, no es el resultado de un engaño masivo a sociedades desinformadas.

Es la respuesta racional de una ciudadanía exhausta de que le prometan utopías distributivas mientras sufre el día a día de la inseguridad ciudadana, la inflación sorda y la falta de oportunidades.

El progresismo regional se pensó eterno porque se asumió moralmente superior, pero olvidó que la legitimidad de un gobierno no se sostiene con consignas poéticas, sino con la gestión eficiente del orden público y el bolsillo familiar.

La mayor tragedia de esta crisis no es el retroceso electoral, sino la soberbia intelectual que le sucede.

Existe una profunda disonancia cognitiva en las cúpulas de izquierda cuando analizan las nuevas periferias urbanas.

Incapaces de entender que el sujeto social del siglo XXI ya no es el obrero sindicalizado del siglo XX, sino el trabajador informal, el repartidor de aplicaciones y el microemprendedor que busca progresar por mérito propio, la dirigencia opta por el desprecio: tildar de «alienado» o «antidemocrático» al votante popular que prefiere el orden conservador.

Es el miedo a aceptar que sus dogmas económicos han fracasado lo que les impide sintonizar con las urgencias del presente.

América Latina ha ingresado en un tiempo que no demanda relatos de redención, sino certezas cotidianas. La encrucijada actual del progresismo excede las urnas; es, en el fondo, una crisis de traducción. Si las fuerzas de izquierda persisten en habitar la nostalgia de sus viejos mitos, si continúan justificando las derivas autoritarias bajo el desgastado escudo de la trinchera geopolítica, y si se niegan a aceptar que el tejido social cambió de forma irreversible, su desplazamiento no será un bache temporal, sino un exilio estructural.

Vencer el miedo a mirarse al espejo es el único camino para recuperar la lucidez. Al final, la realidad siempre reclama su lugar; la verdadera pregunta que queda flotando en el aire del continente es cuántas derrotas más necesitará la izquierda para comprender que la historia no se detiene a esperarla.

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