Ira

Días de Ira

Opinión

Óscar Reyes Matute – Gana Lula en Brasil por un pequeño margen (sacó a votar a los que se abstuvieron en la primera ronda), hoy hay elecciones en Israel, y no pinta bien para el mundo árabe, porque Eisenkhot es más de derecha que Netanyahu, la semana que viene hay elecciones del Midterm en EE.UU., y las encuestas no le dan al Partido Republicano para mantener la mayoría en el senado (pero pueden pasar cosas), así que eso explica por qué el Presidente Trump viajó a Mississippi, un estado donde ganó en 2024 con 23 puntos, en una campaña para apoyar la senadora que se cuenta allí, Cindy Hyde-Smith. Y para colmo, María Corina Machado regresa a Venezuela por Barquisimeto, hace una larga caravana hasta Caracas (me recuerda a Chávez) y Marco Rubio no da la cara, sino que dice por teléfono: «Nunca le dijimos que no regresara, sólo inmediatamente después de los terremotos, pudo regresar cuando ella hubiera querido…»

Y el estrecho de Ormuz se mantiene «cerrado», aunque el petróleo sigue fluyendo por los costados, y los países vecinos de Irán -que han sido bombardeados por éste- han comprendido su error histórico de invertir en resorts de lujo y no en armas de defensa estratégica, como Israel.

Días de ira.

Mujeres

Los negocios antes, durante y enseguida después de la guerra suelen ser manejados por hombres. Así, Donald Trump planeó estratégicamente las tres etapas de la extracción de Maduro del imperio del mal.

En estas negociaciones han desfilado rostros de muchos hombres, pero de muy pocas mujeres.

Pero al final, en este momento, hay dos mujeres manejando el tablero venezolano: Delcy Rodríguez, encargada de la Presidencia, y María Corina Machado, que entró ayer a Venezuela. La tercera -la presidenta de la Asamblea Nacional 2015, Dinorah Figuera- ha bajado sus expectativas, y el supuesto presidente electo en 2024 y no reconocido por Maduro -Edmundo González Urrutia- ha salido del juego por la derecha española.

Ahora, estas dos mujeres están tirando del caballo de madera calcinado, para su lado y tratando de dirigir el país. Les toca heredar el polvo y las cenizas de una Troya devastada.

Los hombres han terminado su contienda. Agotaron la retórica de las armas, los mapas de invasión, los ultimátums y las tramas financieras de los hidrocarburos. Transadas las cuotas de extracción y firmados los borradores de los grandes consorcios energéticos, la épica masculina se retira exhausta, dejando tras de sí el rastro inconfundible de su paso: un país en ruinas, una nación fracturada por un cuarto de siglo de extravío y el vacío desolador de dos décadas y media perdidas en el calendario del progreso. La guerra, el poder bruto y el cálculo de la fuerza masculina han mostrado su límite; agotaron su capacidad de destrucción y no tienen nada más que ofrecer.

Es en este umbral donde la historia da un vuelco metafísico. El tablero político venezolano deja de ser una disputa de caudillos para convertirse en una encrucijada conducida por dos matriarcas. El destino ha colocado frente a frente a dos visiones del mundo, dos geografías del poder y dos templanzas antitéticas: Delcy Rodríguez, que sostiene la pesada osamenta de las instituciones del Estado, y María Corina Machado, que encarna el ímpetu de una movilización épica que apela a la fibra moral del país.
Ellas no son ya simples actrices coyunturales; son las sacerdotisas y diosas a quienes la providencia confía la tarea más ingrata y sagrada de la condición humana: la reconstrucción.

Porque si a los hombres les correspondió el negocio de la fuerza, a ellas les toca el negocio de la existencia. Les corresponde sanar el tejido social pulverizado, devolver el sentido de comunidad, recoger los pedazos de las familias dispersas por el mapa del mundo entero y levantar una nación desde sus cimientos éticos.

En la tradición de la sabiduría mística, el concepto del Yihud —la unificación espiritual de lo que ha sido trágicamente fragmentado— no nace de la imposición ni del dogma, sino del despertar de la energía femenina (Nukva), de esa vasija capaz de contener la luz tras la oscuridad y transformar la disputa de facciones en una reconciliación indispensable.

Venezuela no se salvará por la vía de un nuevo pacto de fuerza entre cúpulas masculinas. Solo hallará su cauce si estas dos mujeres, invocadas por la necesidad imperiosa de la historia, entienden que representan las dos mitades de una patria desangrada. Bueno, tal vez la proporción es otra, pero…

Sobre sus hombros descansa la responsabilidad histórica de evitar el abismo definitivo. En las puertas de esta Troya arrasada, el tiempo de las armas ha cedido su paso al tiempo de la compasión, la cordura y el reencuentro. Si el Yihud venezolano ha de ocurrir, se escribirá con trazo femenino, o no se escribirá jamás.

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