Héctor Sánchez
El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón desembarcó en una isla del Caribe convencido -según enseñó la historiografía oficial escolar- de haber alcanzado las Indias. Traía consigo collares de vidrio y espejitos, además, por supuesto, de armas y devastadoras enfermedades. A cambio de esas bagatelas, se apropió del oro, de la tierra y del destino de un continente entero.
Quinientos treinta y cuatro años después, la lógica subyacente no ha cambiado; únicamente se han transformado los instrumentos y los actores. Hoy los espejitos son digitales y los conquistadores ya no navegan en carabelas, sino que se desplazan en aeronaves secundadas por drones y sofisticados algoritmos. Bienvenidos a la nueva conquista de América.
El imperio no ha variado sus ambiciones históricas, continúa codiciando el oro, la plata y el petróleo, a los que ahora suma el litio, el coltán, las tierras raras y las reservas de agua dulce. Se trata de todo aquello que brilla y que resulta indispensable para sostener su maquinaria de guerra y su industria tecnológica. Y, tal como en 1492, ofrece prácticamente bombardeos, plomo, fuerza bruta, solo eso, discursos violentos, promesas incumplidas, selfies en cumbres internacionales y algunos likes en redes sociales para los nuevos malinches que se prestan a su juego.
Esta continuidad en el despojo no constituye una anomalía contemporánea, sino la reproducción estructural de la acumulación originaria de capital. Como advirtiera Karl Marx, el hallazgo de los yacimientos de oro y plata en América, junto con la esclavización y el sepultamiento de las poblaciones originarias en las minas, marcaron los albores de la era de producción capitalista.
El 12 de octubre de 1492 se inauguró la relación entre modernidad, capitalismo y colonialidad del poder, articulando una división internacional y racial del trabajo. Bajo este patrón colonial, las periferias globales son reducidas a fuentes de materias primas y objetos de saqueo extractivista mediante la violencia estatal o paraestatal, demostrando que la dependencia estructural y la reprimarización de la región continúan vigentes en la dinámica de acumulación global.
La política exterior de Donald Trump hacia América Latina posee una denominación precisa, la doctrina Donroe. Se trata de la clásica Doctrina Monroe recargada con esteroides que, bajo el velo retórico de «América para los americanos», pretende reemplazar al viejo Imperio español en pleno siglo XXI.
La operación militar del 3 de enero de 2026 en Venezuela, bautizada como «Resolución Absoluta», representó el bautismo de fuego de este esquema. Mediante una acción militar fulminante se decapitó al gobierno venezolano. Apenas siete meses después, en agosto, se suscribió un acuerdo petrolero que transfirió a Estados Unidos el control de 17 campos petroleros con reservas estimadas en 65.000 millones de barriles, cifra que equivale a más de una quinta parte de las reservas probadas de Venezuela.
Aunque el gobierno venezolano -encabezado por la vicepresidenta tras el secuestro de Nicolás Maduro- intenta matizar el alcance del pacto, los documentos oficiales estadounidenses confirman la realidad, la firma North American Blue Energy Partners (NABEP), en la que el Pentágono figura como accionista mayoritario, obtuvo concesiones por 100 años con derecho a adquirir el 20% de la producción a precio de costo para su reserva estratégica, además de la primera opción sobre el 80% restante. La Asamblea Nacional venezolana aprobó dicho acuerdo a mano alzada y sin siquiera hacer público el texto, evidencia de la pérdida total de las formas institucionales. Pero el petróleo es solo el comienzo; como proclamó abiertamente el propio Trump: «Ganamos y nos quedamos con el botín».
La estrategia estadounidense apela al decisionismo soberano y a la primacía del poder material geoeconómico para imponer una tutela externa sobre los recursos estratégicos. Este proceso no solo desmantela las bases del nacionalismo petrolero e hidrocarburífero construidas durante el siglo XX, sino que instituye un régimen de comodato forzado donde la soberanía queda reducida a una neolengua oficial. Así, las élites políticas tuteladas denominan de forma insólita «fondos soberanos» a los recursos administrados bajo el control colonial de Washington.
Venezuela no representa una excepción aislada, sino el modelo desplegado en el resto del continente mediante diversos métodos. En Honduras, por ejemplo, de cara a las elecciones del 30 de noviembre de 2025, Trump emitió declaraciones públicas amenazando y coaccionando al electorado. El Congreso Nacional hondureño denunció formalmente esa «injerencia absoluta» como una vulneración a la libertad de los electores. Durante la jornada electoral, el Sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) colapsó, se eliminaron los mecanismos de verificación biométrica y se consumó un fraude que dio la victoria al candidato afín a Washington.
Argentina ilustra el caso opuesto y complementario, la entrega voluntaria. El gobierno de Javier Milei ha convertido la cesión de recursos naturales en pilar de su política de Estado. En septiembre de 2026, Washington y Buenos Aires lanzaron el «Corredor Andes-Atlántico», un proyecto de infraestructura cuyo objetivo explícito es poner bajo control estadounidense los yacimientos de litio y cobre del noroeste argentino y los recursos de Vaca Muerta, desplazando a los capitales chinos.
El turno siguiente corresponde a Brasil, poseedor de las segundas reservas mundiales de tierras raras, además de litio, níquel, cobre y niobio, donde la ficha política de Washington se encarna en la figura de Bolsonaro hijo. La nueva conquista no requiere soldados en cada esquina, le basta con gobiernos dispuestos a firmar, opositores dispuestos a aplaudir y pueblos desmovilizados.
Ante la imposición del poder imperial y la colaboración de las burguesías dependientes localizadas en la región, los Estados latinoamericanos ven drásticamente reducida su autonomía estratégica. Sin embargo, frente al vaciamiento normativo del derecho internacional y el consentimiento de las cúpulas políticas, la historia demuestra que la soberanía no se defiende mediante discursos tutelares, sino en los reservorios morales y éticos de la clase trabajadora y los sectores populares. La resistencia descolonial e independiente constituye la única fuerza capaz de frenar el avance de las pretensiones neocoloniales en el continente.
Han transcurrido 534 años desde aquel 12 de octubre de 1492. Han sido más de cinco siglos de saqueo, despojo y permanente resistencia. La conquista nunca concluyó de manera definitiva, si bien las gestas de la Independencia legaron la libertad política formal, la guerra económica, la subordinación y el saqueo neocolonial han persistido.
No obstante, la capacidad de resistencia del pueblo permanece viva. Los pueblos de América Latina han sobrevivido a imperios, dictaduras, bloqueos e invasiones porque históricamente han sabido organizarse y construir alternativas colectivas. La lógica del saqueo es poderosa, pero no invencible; mientras exista un pueblo que rechace convertirse en botín, la historia permanecerá abierta. Siempre existirán traidores, pero la movilización popular termina derrotándolos.
Que este 12 de octubre sea, más que nunca, una jornada de memoria activa. Memoria del agravio histórico, pero también de la dignidad y la capacidad transformadora de nuestros pueblos. Memoria de que, 534 años después, continuamos de pie y seguiremos estando presentes cuando los imperios contemporáneos se desplomen, tal como ocurrió en el pasado con el español, el británico y el francés.


