Potamito

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Óscar Reyes Matute.- El maestro William Alvarado está concentrado en los bastidores del teatro Teresa Carreño. Con disciplina, repasa la respiración costo-bajo-diafragmática de los cantantes líricos para relajarse. Está pensando en la pánica llanura que le aguarda, durantesu mítico combate contra el coplero Florentino, el mismo de Mephisto contra Fausto, pero en la versión de Arvelo Torrealba y Antonio Estévez. Truenos, rayos relámpagos, y él entrará al caney completamente seco, sin cobija ni montura.

A su lado, está tenor Idwer Álvarez, agradeciendo al maestro Estévez, por haberle permitido cantar tantas veces «La Cantata Criolla»:

-Maestro, esta es la número 52 que  canto, gracias por darme esta oportunidad; espero que te guste.

Se oyen los aplausos desde la Sala Ríos Reyna, pidiendo que entre la segunda parte del Concierto Dominical.

Ya la orquesta está en el escenario, y el maestro de sala se acerca a los solistas:

-Maestros, preparados: ¡Mucha mierda!

Idwer Álvarez, el Coplero Florentino, y William Alvarado, el Diablo, entran al proscenio. Detrás de ellos va Gustavo Dudamel.

Cuando el coplero solitario escuche el llamado del Diablo -«Amigo, por si se atreve / aguárdeme en Santa Inés / que yo lo  voya buscar / para cantar con usted…»- entonces el teatro se estremecerá, con la poderosa voz del bajo barítono, quien habrá cantado esa copla sin la mirada volver.

El maestro

Hace décadas, escuché por primera vez al maestro William Alvarado, en el Teatro de la Ópera de Maracay. Iba a cantar un Réquiem de Mozart dirigido por Roberto Marín, con el tenor Manuel Marín, la soprano Norma Herreray la mezzosoprano Isabel Palacios.

Yo estaba en el coro, en la Coral Filarmónica de Aragua, estudiaba canto lírico, y soñaba con estar en el proscenio, cantando con Isabel, la mujer más hermosa que yo había visto en mi vida, mantuana descendiente de Simón Bolívar.

El majestuoso movimiento del «Tuba Mirum» (perteneciente a la secuencia de la Dies Irae) arranca de forma imponente con el trombón solista entonando esa llamada fantasmal y solemne que el bajo transforma de inmediato en una de las entradas vocales más sobrecogedoras de toda la música sacra:

«Tuba Mirum spergens sonum per sepulcra regionum, coget omnes ante thronum.»

Y era él, el maestro William Alvarado.

Pero entones no era el maestro William Alvarado.

Era bajito, redondo, simpático, aunque cuando abría la boca sonaba como eructo de hipopótamo. Por eso mismo, le habían puesto el mote de «Maestro Potamito», porque no estaba muy lejana la época de nuestra televisión en que se pasaba el programa infantil «Sopotocientos» y una de las atracciones era un hipopótamo llamado «Potamito.»

Y ahí se le quedó el mote, porque en el teatro, cuando te ponen un mote, te quedaste con él para toda la vida.

William venía de Los Madrigalistas de Aragua. Se decía entonces que tenía una voz de bajo-barítono de las que sólo se dan en Bielorusia o Bulgaria.

Pero él siempre estaba allí, sereno, dando clases en el IUDEM, cantando ópera y oratorios en el Teatro Teresa Carreño, y viajando cuando La Cantata Criolla viajara.

Con el maestro mexicano Eduardo Mata, y al lado de Idwer, grabó la primera versión internacional de la Cantata, entre febrero y junio de 1990.

Las sesiones tuvieron lugar en la sala José Félix Ribas del Teatro Teresa Carreño de Caracas, y Mata dirigó a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, con la participación coral del Orfeón Universitario Simón Bolívar y la Schola Cantorum de Caracas.

Esa versión fue publicada originalmente por el sello Dorian Recordings y se mantiene como una de las interpretaciones más depuradas, potentes y referenciales de esta cumbre del nacionalismo musical venezolano.

Un Homenaje Póstumo

El tiempo pasa. Nosotros los de entonces ya no somos los mismos, dijo Neruda.

William vivió una vida plena como músico.

Ha sido un honor conocerle y escucharle.

Cantó, eseñó, y cuando sintió que no daba más, se despidió de la música, de todos:

-Prefiero despedirme de la música antes de que la música se despida de mí.

Y se fue, caminando tranquilo hacia su última sombra.

Los Madrigalistas de Aragua, gente resistente y terca, le rindieron un modesto homenaje en el cementerio de Maracay.

Se cantaron piezas corales, canciones venezolanas, y se recordaron tiempos mejores.

Queda la sombra de El Diablo, recorriendo la sabana de Barinas, en medio de la lluvia, en su eterna persecución del coplero Florentino.

Por cierto, a Chávez nunca le gustó La Cantata Criolla.

Prefería Florentino el que cantó con el Diablo, con José Romero Bello y El Carrao de Palmarito.

La de Estévez era demasiado sofisticada para él.

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