A primera hora de la mañana y antes del atardecer, el cielo de Caracas se llena de guacamayas, con sus colores azul y amarillo o rojo y verde, cruzando el valle entre edificios y copas de árboles.
Lo que comenzó con ejemplares liberados o escapados décadas atrás es hoy un espectáculo que no existe en ninguna otra capital del planeta. Sin embargo, esta convivencia tiene un lado que requiere atención: el afecto ciudadano, expresado a menudo en comederos improvisados en balcones y terrazas, no siempre juega a favor de las aves.
El gesto más común, y aparentemente inofensivo, es ofrecerles trozos de fruta o semillas de girasol directamente de la mano. Pero la dieta de una guacamaya en libertad es compleja y dista mucho de lo que se les suele ofrecer. En su hábitat natural consumen una variedad de frutos, semillas, flores, néctar e incluso insectos, y algunas especies ingieren arcilla en los llamados «saladeros» para neutralizar toxinas y obtener minerales.
Al alimentarlas en la ciudad se interrumpe ese delicado equilibrio. Investigaciones sobre nutrición de psitácidos (así denomina la ciencia a guacamayas, loros y pericos) han encontrado que las dietas a base de semillas y frutas suelen presentar desbalances significativos, con niveles de grasa hasta por encima de lo recomendado, lo que puede derivar en obesidad, problemas metabólicos y plumaje deslucido.
A ello se suman los alimentos tóxicos: restos de comida humana con sal o azúcar, aguacate, chocolate, cafeína y ciertos hongos son potencialmente letales para estas especies.
La médica veterinaria y especialista en animales silvestres Grecia Marquis, ha sido enfática en sus recomendaciones, especialmente durante los meses críticos de vuelo de pichones, de junio a septiembre.
Es común encontrar crías en el suelo durante esta temporada, pues no tienen la potencia suficiente para elevarse y necesitan que sus padres las guíen. La recomendación es clara: no llevárselas a casa. Si un pichón está en el suelo, lo correcto es colocarlo en un lugar alto y a la sombra: una platabanda, un balcón o la rama de un árbol, para que pueda lanzarse y volar junto a su familia. Llevárselo rompe el vínculo familiar y fomenta indirectamente el comercio ilícito de fauna silvestre.
Aunque el contacto visual y la cercanía pueden ser gratificantes, alimentarlas directamente fomenta una dependencia que las expone a riesgos.
Las guacamayas que hoy vemos en Caracas no son nativas del valle. Su presencia es el resultado de un proceso de adaptación iniciado en las últimas décadas del siglo pasado, y la competencia entre las distintas especies introducidas ha ido desplazando a algunas, siendo las rojas y verdes menos frecuentes hoy que en décadas pasadas.
Entender esto es clave: son un símbolo vivo de la capacidad de adaptación de la naturaleza, pero también seres vulnerables que dependen de la conciencia de quienes comparten su cielo. Disfrutar de su vuelo y su escándalo mañanero es un privilegio; cuidar de su salud y seguridad es una responsabilidad que empieza por no ofrecerles lo que no comerían en libertad.
