Óscar Reyes Matute
Estoy sentado escribiendo mi nota de cine y veo algo que me cuesta procesar: mi madre, que acaba de cumplir 90 años, permanece absorta en su butaca consumiendo una miniserie china en formato vertical desde la pantalla de su teléfono celular. Lo reconozco al instante por el característico doblaje robótico generado por inteligencia artificial y por la brevedad de los episodios —de 60 segundos a tres minutos.
La narrativa es una fórmula infalible: una buena chica acosada por una villana despiadada, un modesto repartidor que resulta ser el magnate encubierto de la franquicia, o la entrañable escena de una anciana despreciada en una tienda de lujo que termina siendo desagraviada cuando entra su hijo, el dueño del imperio, a decirle que elija lo que le provoque.
Tampoco faltan las historias de mafiosos, guerreros milenarios o epopeyas espaciales, muchas de ellas concebidas ya sin actores reales, enteramente con algoritmos e IA.
¿Son estos 60 segundos el certificado de defunción de Hollywood o la chispa de su reinicio? ¿Representan una oportunidad de democratización para los creadores alternativos y emergentes?
En teoría, hoy es posible estructurar una miniserie entera con un simple teléfono inteligente y una dosis masiva de talento —materia prima que no nos falta a los venezolanos, aunque con frecuencia se nos mantenga al margen de los grandes circuitos.
Ahora podemos establecer una línea directa con el espectador, ya sea un joven que camina apresurado por el bulevar o mi anciana madre resguardada en su butaca en medio de la canícula de Maracay.
Esta mutación estética e industrial ya no es un fenómeno marginal; ha colonizado el corazón mismo del entretenimiento global.
En Hollywood, las estructuras tradicionales miran con mezcla de pánico y codicia cómo el formato micro-drama en 9:16 seduce a las audiencias urbanas. Grandes productoras californianas ruedan series verticales en Los Ángeles financiadas por plataformas asiáticas, mientras los estudios ensayan alianzas estratégicas para adaptar sus grandes propiedades intelectuales a este consumo vertiginoso.
El enjambre web se ha llenado de aplicaciones diseñadas exclusivamente para este soporte, transformando la pantalla vertical en la nueva pantalla de cine. Tienes la industria del audiovisual en tu teléfono.
En el centro de esta tormenta están los gigantes chinos, que han convertido la microficción en una industria de escala fenomenal basada en el volumen. Con miles de títulos producidos anualmente mediante rodajes ultraveloces de cuatro o cinco días, empresas matrices de plataformas líderes cotizan en bolsas como la de Hong Kong o Shenzhen.
Aplicaciones como ReelShort y DramaBox, frecuentemente etiquetadas como el «Netflix de las series verticales», generan ingresos multimillonarios combinando microlingotes dramáticos, ganchos emocionales cada treinta segundos y modelos de pago por episodio que compiten directamente con los gigantes del streaming tradicional.
A este fenómeno se suman los coreanos, maestros indiscutibles de la exportación cultural. Los creadores del K-drama han sabido trasladar la pulcritud visual, la tensión romántica sofisticada y la elegancia de sus producciones televisivas al formato vertical, conquistando a un público global que busca relatos hiperestilizados para consumir en las pausas del trabajo o en el transporte público.
En América Latina avanzamos con cierto retardo estructural, pero recorriendo de manera inevitable el mismo sendero. La región está asimilando rápidamente el lenguaje de la narrativa comprimida, migrando del melodrama de noventa capítulos al folletín de un minuto.
En Venezuela, concretamente, ser testigos de esta ola no es una especulación futura: es una realidad efervescente. Decenas de jóvenes realizadores, actores y creadores de contenido están produciendo montones de miniseries y microficciones para YouTube, TikTok e Instagram, desafiando la falta de presupuestos tradicionales con un ingenio narrativo formidable.
¿Estamos ante el presente y el futuro absoluto del audiovisual? Quizás no se trate del reemplazo definitivo de la sala a oscuras ni del plano secuencia panorámico a la manera de La Odisea, sino de una bifurcación histórica.
La narrativa cinematográfica no ha muerto; simplemente se ha amoldado a la palma de la mano. Y en esa metamorfosis, donde mi madre de noventa años y un estudiante en el autobús comparten el mismo trance frente a un rectángulo encendido, el cine demuestra una vez más su capacidad camaleónica para sobrevivir en cualquier formato.
¿Seguimos o paramos?


